Perseguido desde hace ya algunas generaciones, ha salido al mundo, esa noche a flor de piel, reventó la primera coraza que lo protegía, pequeño, con frío y con hambre, sin poder observar el mundo, ni a su madre ni a su padre. Aunque el aire frío arrastre la brisa salada que desprende la superficie azul proveniente desde el horizonte y azote las copas de los árboles, sacudiendo hogares y familias, no se compara al intenso calor del cuerpo de la madre y ese dulce néctar tibio proveniente de la garganta del padre.
A pesar de la desesperante pelea por sobrevivir, inducida por seres extraños, invasores que trajeron consigo plagas, enfermedades y depredadores; la muerte, la desesperación y hasta el tiempo se detuvieron, pues esa noche de luna llena, el cielo no era tan oscuro, se podía escuchar una infinita sinfonía proveniente de la fauna: grillos, cigarras, aves y zapos, el azul oscuro en el horizonte reflejaba un amarillo profundo, tan profundo como si el sol se dejase ver sin lastimar la vista, podría decirse que era un amarillo cálido, como si abrasara la noche, regalando una de las bienvenidas más bellas para uno de los finales más devastadores del que se haya contado alguna vez.
Esa noche 𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜 había nacido, una noche (la primera para 𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜) digna de recordar.
Han pasado 8 duros meses, 𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜 se ha desarrollado, ahora su cuerpo está forrado en plumas, elegantes y hermosas plumas negras que, si prestas atención, éstas brillan en tonos amarillos, casi dorados, incluso con aún más atención resplandecen verdes, casi como esmeraldas, sus patas oscuras contrastan con pequeñas plumas amarillas ubicadas al comienzo de ellas, haciendo juego con sus ojos; pequeñas canicas amarillas con pupilas negras que dejan pasar el brillo de la luz de tal manera que a pesar de ser oscuras, claramente llevan un blanco penetrante, como si sedujera a la luz, para hacerla entrar y secuestrarla, como si pudiese ver todo el mundo, aunque el mundo no le viera a él.
𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜 ahora siendo joven, se encuentra melancólico, pues a pesar de que sus padres siempre le dieron amor, lo mantuvieron seguro, caliente y lo alimentaron hasta que aprendiera a volar, una tragedia lo cambió todo. En una tarde como cualquier otra, papá salió a traer alimento, eran buenos tiempos, de abundancia, ya que siempre regresaba con pequeños seres viscosos, que, aunque tenían un sabor amargo, se compensaba con el dulce néctar que mamá recolectaba de las ōhiʻa lehua y las lobelias que se encontraban muy cerca del nido. Aquella tarde se transformó en noche y la ausencia de papá era preocupante, pues no solía alejarse del nido, ni tardar más de dos horas en volver.
- ¿Dónde está papá, mamá?
- No lo sé pequeño, seguramente se refugió de la noche en un árbol mientras regresaba, estoy segura de que en la mañana estará aquí con nosotros.
Mientras el papá de 𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜 recolectaba el festín de insectos para él y su familia, fue atacado por sorpresa por un gato, un depredador no originario de Kaua’i, introducido por los europeos a Hawái en 1788¹, estos llegaron como animales domesticados, sin embargo, con el paso del tiempo fueron reproduciéndose hasta el punto en que algunos de ellos comenzaron a vivir en los bosques de Kaua’i de manera silvestre.
La recolección iba de maravilla, pues esta vez había insectos grandes y tiernos, perfectos para nutrir a un bebé en desarrollo. Papá pensaba mientras recolectaba:
- Uno más, el último y regresaré con mi familia, aguanta pequeño, espera un poco más, mi amor.
Cuando de pronto cuando estaba por emprender el vuelo, al abrir sus alas, filosas garras y prominentes colmillos perforaron la piel de su espalda, para después hacer lo mismo en su estómago, el gato lo había estado asechando desde las plantas esperando el momento oportuno para asegurar su presa.
En ese momento lo único que importaba para el ave era su familia, volver a ver a su pareja y a su hijo, en intentos desesperados por sobrevivir, comenzó a agitar estrepitosamente sus alas, intentando picar los ojos del gato para poder salir, escapar de esas garras y dientes.
Los intentos por salir fueron en vano, pues con cada movimiento el gato apretaba con más fuerza, la sangre comenzó a salir por los agujeros que yacían sobre su espalda, la adrenalina impulsaba el instinto de supervivencia de aquel padre, en el último intento por zafarse, comenzó a gritar y picar la cara del gato, lo que incentivó al depredador a terminar con el sufrimiento de aquella pobre ave.
Fue entonces que el gato dejó de morder para azotar contra el piso al padre de 𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜, para dirigir su boca hacia la cabeza de este, en ese momento el ave solo pudo mirar con un ojo cómo se acercaba el final, resignado a seguir luchando, se apagó lentamente el brillo que había en su mirada, el mismo brillo que tenían los ojos de 𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜.
Mientras este brillo se apagaba, iba recordando uno a uno los momentos de su vida, todo lo que era, lo que amó, a su familia, sabía que ya no podía hacer nada, que no había escapatoria, excepto una cosa, aquella canción que entonaba con su amada, por lo que una última vez, con la última bocanada de aire que inhaló soltó la misma melodía, donde depositaba su fe, su amor y sus deseos, tirándolo al aire esperando que pudiera llegarle a su compañera y su bebé, fue así que, al igual que su vida, todo se perdió cuando el gato desprendió de un mordisco la cabeza del ave.
Ese fue el primer último canto de esta familia, un canto que nadie respondió, que solamente el gato escuchó.
De esta manera 𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜 creció sin un padre, mientras que su madre con un profundo dolor, con miedo e inseguridad de no saber si los había abandonado o había muerto, pensaba en si ya había olvidado que una vez le prometió eterno amor, ¿Cómo salir a buscar a su pareja? Su hijo aún no puede volar y no puede abandonar el nido o su cría morirá.
Mamá tuvo que ser fuerte, le enseñó a volar cuando apenas brotaron las suficientes plumas para poder planear, a recolectar néctar de las flores, pero lo más importante, le enseñó el canto que entonaba con su pareja, esperando que lo recordara y lo transmitiera de generación en generación.
𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜 pudo dominar el vuelo a su antojo siendo muy joven, una tarde salió a buscar comida como de costumbre, cada que lo hacía entonaba la canción que le enseñó su madre, misma que se encontraba explorando nuevos territorios de la isla.
Ese día había una atmósfera diferente a los otros, pues el aire era empujaba con más fuerza, de una manera violenta, el cielo estaba gris y el mar azotaba la arena y las rocas de la costa.
Cuando de pronto todo aquello se intensificó drásticamente, hasta el punto en que los árboles crujían y golpeaban a otros árboles para después caer al suelo, el agua se levantaba a decenas de metros sobre el nivel de siempre, los animales comenzaban a salir de sus nidos, madrigueras y escondites para refugiarse en cuevas o en zonas altas de las montañas.
Por suerte 𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜 encontró el refugio perfecto para mantenerse a salvo durante la tormenta, en una de las montañas más cercanas al nido había una cueva deshabitada, donde entraba la lluvia y el aire frío, siendo aun así más seguro que en el exterior.
Casi 10 horas pasaron para que la tormenta se calmara, la luz era escasa, solo se veía el desastre natural por instantes cortos cuando del cielo caían luces azules, seguidas de estruendos graves y profundos provenientes de las nubes grises en el cielo, todo era un desastre, estaba roto, desolado, con aroma a muerte y a sal.
Confundido, e invadido por el miedo y la preocupación de saber si su madre estaría bien, 𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜 emprendió el vuelo a toda velocidad en dirección al árbol donde había nacido; mojado, luchando en contra del viento, con poca visibilidad logró llegar, para darse cuenta de que su madre yacía debajo del mismo nido, su casa.
Aquel árbol estaba partido en dos partes, un relámpago lo azotó desde el tronco principal, haciéndolo caer a suelo.
Cuando la tormenta comenzó, mamá volvió a casa desesperadamente sin importarle que esta estuviera arrasando con todo a su paso, pues su única preocupación era salvar a su hijo, al llegar al nido la tormenta estaba en su clímax, sin embargo, 𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜 no se encontraba ahí, sin saber qué hacer decidió esperar.
Los minutos pasaban y con él la tormenta se hacía cada vez más y más intensa, mamá comenzó a cantar aquella canción con todas sus fuerzas, esperando que sirviera como un llamado para su hijo, aunque el aire traía consigo fuertes y violentos silbidos a mamá no le importaban.
Así comenzó una lucha desesperada, el amor de una madre esperando encontrar a su hijo contra la madre naturaleza arrasando con todo. Aquella pequeña ave estuvo dejando su alma y su corazón donde todo había comenzado, fue entonces que el relámpago impactó, partiendo el árbol en dos.
Mamá sin intentar volar, se quedó en el centro del nido mientras caía, dando el último canto con sabor a llanto y desesperación, deseando que su hijo estuviera vivo.
Cuando el árbol finalmente impactó en el suelo, hizo rebotar algunas ramas y el nido al que se encontraba mamá aferrada con todo su ser, el impacto hizo que el nido se desprendiera del lugar donde lo habían construido, para caer un par de metros adelante, al mismo tiempo que esto sucede una de aquellas ramas gruesas se incrustó en el suelo, atravesando al nido y el cuerpo de mamá.
Ahogándose entre el viento de la tormenta el segundo último canto de esta familia, un canto que nadie escuchó, un canto que Iwa le arrebató.
Cuando 𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜 arribó al lugar donde se encontraba su hogar, se encontró con una terrible realidad, ya no tenía hogar, y lo que quedaba de su familia se había ido, con un inmenso dolor y una culpa desgarradora por no haber llegado antes, pasó la noche al lado del cuerpo de su madre, para protegerla de la tormenta hasta que saliera el sol.
Pasó la noche sin dormir, deseando que todo fuera parte de una terrible pesadilla, deseando que al alba todo fuera como antes. Sin embargo, eso no sucedió, como despedida cantó esa melodía de la manera más melancólica en que jamás lo había hecho, tanto que las otras aves que lo escucharon pudieron comprender la profunda pena que cargaba en el pecho.
¿Cómo podía decirle adiós? ¿De qué manera podía honrar a sus padres? ¿Cómo comenzar de nuevo?
Con el paso de los días el huracán Iwa desapareció, lamentablemente, se llevó consigo múltiples vidas, hogares y sueños, cosas que ya no volverán.
5 años han pasado desde entonces, la urbanización ha ido en aumento y aquellos individuos, responsables de introducir especies, plagas y enfermedades han comenzado a derribar árboles, haciendo lo mismo que Iwa, arrasando con vidas, hogares y especies enteras.
Para este punto ya no queda casi nadie como 𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜, o como su madre, ni como su padre. Durante todo este tiempo, 𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜 intentó vivir al máximo cada día, con la esperanza de poder ser alguien como su padre, de tener a alguien que lo acompañe todos los días, pero, sobre todo, esparcir aquella melodía, tal como sus padres querían, para generar una sinfonía que se escuche en todo el mundo, una orquesta para decir “Sigo aquí, aquí estoy”.
Sin embargo, siguió pasando el tiempo, 𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜 siguió buscando y cantando. Y ese canto se quedó solamente como un “¿Hay alguien ahí? ¿Alguien me escucha?”
Ese fue el tercer y último canto de esta familia, que fue escuchado por muchos, no por los correctos y demasiado tarde, que se siente como “Ahí estuve, lo intenté”.
De esta manera, con la misma intensidad que fue hermosa la noche que nació 𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜 (que no pudo recordar), fue trágico su solitario final, pues andaba por ahí cantando, buscando, aunque nunca lo supo, siempre lo recordaremos.
-En honor al ave extinta Moho braccatus (ʻōʻō de Kauaʻi).
¹ Invasive Animals – Hawaiʻi Volcanoes National Park (U.S. National Park Service), s. f.-b, sec. Cats, Consúltese en [ https://www.nps.gov/havo/learn/nature/invasive-animals.htm]
𝐷𝑟𝑎𝑧𝑜𝑜: Elegía melódica sin respuesta
05 SEP 2025/Noctalyth Erelim / Cuento de la semana