Me encontraba hace un par de semanas en una reunión que trataba sobre Distancia, un buen amigo que conservo desde hace poco más de 10 años mencionó algo que me causó un poco de inseguridad hacia mí mismo, y no me refiero a la inseguridad en el aspecto de euforia, cuestionamiento e incertidumbre de la profundidad personal, sino a mis palabras, a mi mensaje, a mis textos…

Comenzamos hablando sobre lo que habíamos hecho hasta el momento, corrigiendo desde aquello que estaba mal hasta lo que no está tan mal, pero que puede ser mejor en los textos de cada uno… Entre esto llegó mi turno, por lo que me encontraba intrigado y ansioso de saber qué podría ser aquello que habría que corregir (quiero aclarar que siempre es una fortuna tener a alguien que te vea desde donde tú no puedes y te corrija, porque uno mismo no puede verse desde fuera y en una enorme cantidad de ocasiones no somos conscientes de nuestras debilidades y/o errores).

Cuando este amigo que mencioné comenzó a hacerme sus observaciones, me soltó esa frase que aún resuena en mí, dijo: “Tú escribes cosas muy esperanzadoras, no es lo que yo suelo leer, pero esto no está mal, me refiero a que entre lo que escribes se siente que piensas en la esperanza…”

He estado dándole vueltas, casi hasta vomitar pues, desde que le otorgué la verdadera libertad a mi albedrío creí que la esencia en mis poemas, en mis cartas, en mis canciones (luego de las de amor), en mis textos lo que las alimentaba era una melcocha entre melancolía, dolor y decepción, llevando en mente en la frase popular y coloquial de uno de mis artistas favoritos: Puro P*nche Vato Triste (Viva el Punck Chafa).

Luego los volví a leer y me sorprendí al notar que ninguno de los dos se equivocaba, los dos teníamos razón, aunque en proporciones diferentes que dependen del texto. No obstante, mi mente no ha parado de cuestionarme con presentimientos que se sienten como espinas hondas en el pecho.

En ocasiones puedo sentir cómo se me clavan cuando me invade la cuestión y en otras veces puedo sentir cómo se diluyen esas espinas y las siendo picándome como millones de hormigas intentando devorarme la carne desde adentro, generando calor en mis dedos al escribir y en mi corazón al dejarme fluir, justo como ahora.

Y es que ¿Cómo no voy a tener esperanza? Si desde los 18 he vivido sumido en un mar de cerveza, ansiedad y depresión que han formado lo que soy hoy en día: un manojo de malas decisiones. Atrapé mi espíritu en una jaula tapada con tela negra para intentar segarlo del presente, creé una versión “profesional” de mí que me exigió mi cordura, mi tiempo, mi estabilidad y mi creatividad…

Todo se lo entregué y al final terminé con una fuerte decepción que por suerte o por desgracia no me rompió al igual como aquella vez que yo cuento como “la primera vez que morí”… Yo me encontraba roto, en tantos pedazos que ya no era posible romperme más, pero antes de eso, durante mi formación profesional, morí y me rompí unas cuantas veces y en esas partes que hicieron de mí cifras incontables.

No pude comprender a Bukowksi tanto hasta este punto, cuando dijo: “Tienes que morir unas cuantas veces antes de poder vivir de verdad”1. Ha pasado tiempo desde que leí esa frase, ese libro y hasta hoy puedo decir que comprendo lo que quiso decir.

A mis 20 años me sentía inmortal, invencible. Pensaba “Llegué a ser un adulto y nunca tuve un hueso roto”… Han pasado 5 años desde entonces y reconozco mi cuerpo con más cicatrices por dentro y por fuera, una columna desviada, una clavícula fuera de lugar, secuelas de fracturas en mano y pie.

Espero que nadie comprenda eso, fue un infierno vivir sin escribir, sin poder caminar… Aunque después del calvario escribir no lo sentí ausente, con la clavícula fuera de su lugar la muñeca seguía moviéndose a mi voluntad. Sin embargo, la fractura en el tobillo fue muy dura, digamos que tuve que aprender de nuevo a caminar, y eso sí dolió tanto dentro como fuera.

Gasté mi pasión, mi tiempo y mi creatividad en diseñar máquinas, trabajos que me llevaron a las fronteras con los Estados Unidos de América, y algunos otros que me arrastraron cerca del centro del país: La ciudad de México, siendo más preciso: Toluca.

Ahí llegó mi epifanía, el momento donde elegí que mi vida no valía la pena el sueldo que tenía, porque más que llenarme, me drenaba, a nivel físico y emocional, me sentía esclavizado persiguiendo una fantasía mientras soportaba gente incrédula a la que yo le explicaba los fundamentos de la ciencia bajo la que trabaja la máquina que yo le diseñé y armé: principios mecánicos, eléctricos, electrónicos y en ocasiones termodinámicos.

Mi vida la encontré agonizando entre lo poco que había visto de mi a los 18 años y lo que me había convertido a mis 24, que si bien, desde los 22 ya me llamaban “Ingeniero” en las empresas, nunca sentí que fuera mi lugar.

Así que si me preguntan: “¿Hay esperanza dentro de tus textos?” La respuesta es un rotundo , pues tengo la esperanza de poder ser quien en realidad soy, de tenerme en mis propios sueños y mirarme al espejo orgulloso, manteniéndome la mirada y decirme “gracias”, soy alguien que abiertamente alaba de quienes me han hecho sentir de algo o alguien con las siguientes frases:

  1. Jamás me voy a atrever a decir que soy músico porque solo soy un pendejo con una guitarra.”2

  2. Agradecido con la vida y to’ lo que me diste y aunque un día perdí todo, todo me lo devolviste. Con solo ver tus ojos sabemos lo que viviste, bienvenido al club de los niños con ojos tristes”3

  3. Yo estoy deshecho, tomando y muriendo, recordando los momentos que pasamos junto al mar. Te vale madre que escriba líneas sobre ti, me ahogo en ansiedad… Me queda grande la ciudad…”4

  4. Me dijeron ‘hazla feliz’ y la dejé escapar, me dijeron ‘creé en ti mismo’ y me puse a llorar, que por mucho que me quiera a ella la quiero más y precisamente eso es lo que más miedo me da…”5

Permíteme decirte que en efecto en mí alma rota se esconde la esperanza de ser libre y vivir bien, de sentir y disfrutar el mundo, porque al mirarme aquí, ahora, sobre un sillón, con dolores que provienen del frío que se cuela entre fracturas de mis huesos y luxaciones en mi cuerpo que disfruto, en efecto, soy feliz como soy, y tengo la esperanza de ver la vida sonriéndome aunque hoy o mañana me escupa la bastarda, es un sacrificio que estoy dispuesto a aceptar, después de todo, ya no le temo a la muerte, sino a la vida.


1 Bukowski, C. “So you want to be a writter.” Love is a Dog from Hell, Black Sparrow Press, 1977, p. 35. Traducción propia.


2 Las cosas calladitas y los chotgun. (2015). ¿A cómo la gafa? [Álbum]. Canción: Favrón cabor.


3Estrada, Luis Díaz, NSQK y Selene: “El club de los niños con ojos tristes.” El club de los niños con ojos tristes, 2021.


4 Chingadazo de Kung Fu. “No te voy a regresar tu Apple TV.” Me pongo hasta la madre porque estoy hasta la madre, 2015.


5 Subze, “Guerrero” Guerrero, 2018.

¿Que le escribo a la esperanza? Sí, tal vez lo hago.

06 OCT 2025/Noctalyth Erelim / Mi sala

Mi Sala

Create a free website with Framer, the website builder loved by startups, designers and agencies.